Como inmigrante ​de​ ​Méxic​o​, El Paso me asustó, pero no permitiré​ que me ​​silencie

Banderas y cruces en un monumento improvisado cerca de la escena de un tiroteo masivo en un complejo comercial el martes 6 de agosto de 2019 en El Paso, Texas.(AP Photo/John Locher)

Banderas y cruces en un monumento improvisado cerca de la escena de un tiroteo masivo en un complejo comercial el martes 6 de agosto de 2019 en El Paso, Texas.(AP Photo/John Locher)

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A principios de este mes, mi peor pesadilla se hizo realidad cuando ocurrieron dos tiroteos masivos, uno en Gilroy, California y el otro en El Paso, Texas, en los que los dos tiradores tenían el mismo objetivo: asesinar a hispanos.

Las balas, una vez metafóricas, se transformaron en verdaderas, pasando de miradas agresivas y amenazas verbales, a balas reales de una AK-47 que mataron a mexicanos y mexicano-americanos por simplemente atreverse a quedarse a vivir en un país, en el que su gobierno ha dejado claro que no los quiere aqui.

Estos actos me han horrorizado. Soy una mujer inmigrante mexicana y mi existencia me convierte en un objetivo.

Pero no permitiré que mi miedo me silencie. En cambio, me unire a otros inmigrantes, latinos y aliados, para luchar y resistir a la supremacía blanca.

Del miedo a la resistencia

En el verano del 2015, me di cuenta por primera vez que el color de mi piel podría ser un problema. Eso fue cuando se lanzó la campaña presidencial de Donald Trump e inmediatamente él comenzó a acusar a los mexicanos de ser criminales. Antes de eso, nunca pensé en la importancia de ser una inmigrante de México porque en los Estados Unidos sentía que no tenía que lidiar tanto con el clasismo y racismo de mi país de origen.

Pero ahora mi origen étnico y mi acento se ha vuelto un problema prioritario para muchos “nacionalistas” de aquí.

Soy parte de una minoría, que al sumarse con las otras minorías, formamos ya la mayoría. Nuestros números están creciendo y eso lo que hace que algunos estadounidenses, principalmente blancos, se sientan amenazados y asustados ante lo que llaman una “invasión.”

Sin embargo, a pesar de ser una inmigrante que continúa enfrentándose a un sistema de inmigración roto, que se ha complicado aún más durante la presidencia de Trump, he recibido más de los Estados Unidos que de los dos países de los que tengo ciudadanía.

Aquí se me brindó seguridad cuando en México no se me protegió como periodista y  en Italia se me negó la ayuda cuando huía de la violencia doméstica.

Estados Unidos había sido un santuario para mí familia de muchas maneras. Hasta hace poco.

Pero a pesar de todo esto, todavía siento que permanezco aquí y quiero defender lo que realmente hace que este país sea grandioso: las oportunidades, incluso para personas como yo, que aunque se enfrentan a muchos obstáculos y son nuevos en el país, ya contribuyen al enriquecimiento de esta sociedad.

Esta prosperidad debe estar disponible para todos, incluso mi comunidad de inmigrantes.

Por eso me resisto a la agresión, porque somos parte de lo que inspiró a este país y no estamos destinados a desaparecer.

Combatir la ignorancia con comprensión

Cuando Trump ganó las primarias republicanas, mi hija de 5 años me pregunto porque no nos querían, mi hijo de 12 años contestó: “No nos quieren porque no nos conocen. Si nos conocieran, nos amarían.”

Como psicóloga social especializada en diálogo intercultural y criminología, entiendo  de dónde proviene la hostilidad contra mi gente, es la ignorancia, que alimenta la inseguridad y el miedo, que se convierten en intolerancia. Comprendo a las personas que me menosprecian y me ven como el enemigo, rechazó sus ideas pero tengo la capacidad de ser tolerante.

También, entiendo de donde surge la ansiedad racial que afecta a un número creciente de estadounidenses blancos que tienen miedo de perder sus privilegios. Lo que es intolerable es la violencia que emana del odio.

Después de esas matanzas, también experimenté ansiedad racial, la diferencia es que soy yo quien está verdaderamente a riesgo. Y ya lo he estado por demasiado tiempo, y de eso venía huyendo.

Han habido demasiados momentos en mi vida, y los de mi hijos, en los que nos ha quedado muy claro que no pertenecemos aquí, que no somos bienvenidos. Nos han dicho abiertamente que debemos volver al lugar de donde venimos.

Pero nos quedaremos y resistiremos, no tenemos alternativa.

La indiferencia duele

Muchas personas evitan discutir temas como política o religión, porque se considera descortés, pero ser asesinado o amenazado por ser el “otro,” por tu origen étnico, no es cuestión de política.

Permanecer callados nos hace cómplices.

Las palabras tienen peso, pero el silencio aún más. Todavía no parece que lo sucedido haya activado a personas apáticas o pasivas. Solo las personas activas en la protesta, siguen protestando.

Parecería que no importan estos actos de terrorismo y demás tragedias, hasta que tienen un impacto directo en las personas.

Pero realmente no podemos permitirnos ser indiferentes o insensibles a estos actos criminales y violentos que están ocurriendo en nuestro país. Nuestra humanidad está en juego y también nuestras vidas.

Alimentando una cultura de paz

Mi duelo no comenzó con los asesinatos en California y Texas. Me he unido al dolor de otras comunidades que han lloraron la muerte de sus seres queridos.

La pérdida de todas estas vidas me quebranta: los mexicanos en El Paso, Texas, se unen a los niños latinos en Gilroy, California, a la comunidad judía que practica su fe en su sinagoga en Pittsburgh, a la comunidad LGBTQ en Orlando, a los pequeños niños en Sandy Hook, a los estudiantes en Parkland.

Siento el mismo dolor cuando se trata de las jóvenes vidas que se han perdido en Filadelfia a causa de la violencia armada: conozco a algunas de estas madres y he visto cómo usan su dolor para organizarse en la lucha por la justicia y el control de armas.

También me duele por las familias de los agresores.

Soy un ser humano en primer lugar, sin importar de dónde vengo y mi lucha es por la vida, por el derecho a existir en este mosaico multicultural de un país que está sufriendo bajo su propia violencia.

Todos estamos llamados a la resistencia, la gratitud y la solidaridad.

América, mi América, me ha proporcionado una nueva identidad intercultural que va más allá del origen nacional o el color de la piel. Estados Unidos le ha dado a la comunidad de inmigrantes hispanos la oportunidad de ver que nuestros esfuerzos resulta en éxitos.

Es por eso que durante este tiempo, aunque hemos compartido nuestro dolor y nuestro miedo, también reconocemos que no podemos permitir que nos dominen.

Si perdemos nuestra capacidad de resistir, todos perdemos.

Tenemos que seguir resistiendo contra la política antiinmigrante, particularmente si está escalando de manera violenta.

No necesitamos esperar hasta que nos afecten personalmente para tomar acción. Todos pueden contribuir a la lucha. Pueden llamar a sus representantes, protestar, proteger a las personas que necesitan de su solidaridad y de sus privilegios, ser voluntario, incluso creo que una sonrisa puede ser muy útil para levantarnos el ánimo.

Para nosotros los inmigrantes hispanos, es crucial celebrar nuestra cultura de trabajo, nuestros valores familiares y aun nuestra capacidad de sanarnos en la comunidad. Pero sobre todo, reclamar nuestro espacio y ser más visibles y orgullosos cada día, pueden ser nuestro mayor acto de resistencia.

Si no resistimos, corremos el riesgo de perder lo que es más sagrado para todos: nuestro pleno derecho a la libertad.

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